martes, 10 de abril de 2012


   Existen muchas formas de ver la vida, algunos dicen que la mejor es a través de un cristal, claro que este cristal puede ser de múltiples colores, rosa para abrir una ventana a los más románticos,  o provocar una crisis nerviosa,  todo dependiendo de las distintas teorías sobre la influencia de los colores en el estado anímico de las personas; rojo,  cuando la ira nos domina y un enemigo se esconde en cada calle,  detrás de cada esquina; o tal vez con ojos de delirio pasional, rojo sexo, rojo lujuria, rojo deseo,  dependiendo eso si del gusto personal de cada uno,  sobre todo en lo que a materia de sexo se refiere.
    También , ¿porqué no? Podemos teñir nuestro visor particular de color azul como el mar relajante , luminoso,  poderoso (aunque esto último no se puede ver a simple vista se intuye),  a veces fiero de grandes olas de espuma blanca,  a veces balsa donde flotan mecidos por el viento nuestros sentimientos , con un fondo inescrutable desde nuestra posición , pozo inimaginable a donde arrojamos nuestras penas
esperando que no sepan nadar,  igual que el borracho que pretende ahogarlas en alcohol (eso si nuestra opción es más barata y sobre todo más sana). 
  Podríamos seguir recorriendo todos los tonos del arco iris, pero ello ocuparía espacio y tal vez por ello olvidáramos otro dato importante en nuestra búsqueda.
En un día lluvioso  seguramente nuestro cristal estaría lleno de gotas de lluvia, lo cual afectaría bastante a nuestra visión empañando también con alguna que otra lagrima nuestra percepción de lo que nos rodea,  y ya no digamos si a la lluvia se le suman como compañeras la noche y la tormenta, entonces simplemente pasaríamos a verlo todo negro , o lo que es lo mismo,  no veríamos ; y con la mayor seguridad nuestra mirada se dirigiría entonces hacia lo que tuviese más cerca: nosotros mismos y eso puede ser tremendo, ya que a esa distancia tan corta puede aflorar de todo lo bueno y de todo lo malo que tenemos dentro.

¿Qué pasaría en un precioso día de primavera? Lleno de flores, de trinos de los pájaros (esto último lo oiríamos no lo veríamos), de risas... jé, jé, de alergias , de desengaños, de lluvias repentinas que no avisan...esto haría todo más  complejo.
Blanco, en nuestro cristal se refleja blanco, blanco de nieve por todas partes, imaginamos entonces guirnaldas por las calles , luces de colores, villancicos, buenos sentimientos, regalos...¡Óh no! ¿Regalos?
Buscar, comercios, elegir, comprar, gastar, dinero, tarjeta de crédito...Desastre .
  Pero ¿qué pasa cuando nuestro cristal se vuelve opaco?, no permite pasar la luz, da igual el color, nos hemos vuelto ausentes, lejanos en un mundo aún más lejano, hartos, de injusticias, desgracias, horrores...
   Hemos decidido no mirar, no necesitamos ningún cristal, pues no precisamos ver, ya no más, hasta nuestro interior nos resulta insoportable, en especial nuestro interior, aquel que nos confiere identidad como seres humanos, esos mismos seres humanos, que hieren y matan desde todas las posibles formas que estos dos verbos lo permiten, estamos cansados.  Pero justo entonces un rayo de sol puede atravesar una diminuta gota de agua y ante nosotros aparecen de pronto todos los colores, y solo ese instante convierte nuestro cristal opaco en una preciosa vidriera barroca desde la que nuestra vida en todos sus colores vuelve a cobrar sentido, solo tenemos que estar atentos en los días mas oscuros para que nuestra tristeza por las nubes acumuladas no nos impida disfrutar del arco iris.

   

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